Por M.Sc. Jerry H. Fletcher (*)

Desde tiempos remotos ha existido un fenómeno social que ha llegado a tener gran trascendencia a nivel global, el maltrato físico y/o psicológico deliberado (Bullying por su nombre en inglés). Un tema bastante recurrente, que está instalado principalmente en las instituciones educativas en todos los rincones del mundo. El bullying es real, no discrimina religión, genero, raza, posición social, condición física, ni edad. Este problema está atacando cada vez a más temprana edad y ningún sector de la sociedad está libre de él.

En Bolivia, está vigente la Ley 548, del Código Niño, Niña, Adolescente, promulgada el 17 de julio de 2014 donde se menciona que “los adolescentes que ocasionen daños físicos o muerte de sus pares por bullying o acoso escolar en Bolivia tendrán privación de libertad de uno a seis años”, pese a esta ley punitiva, las estadísticas son alarmantes y en ascenso. Solo en Santa Cruz, se han reportado 30% de casos de estudiantes que sufrieron acoso escolar de manera directa. En la Defensoría de la Niñez se han recibido recientemente alrededor de 20 casos de denuncia por bullying, racismo y discriminación y aproximadamente 50 casos de violencia en los centros educativos.

Este tipo de actitudes afectan por un lado al agresor como al agredido. El agresor crea una falsa sensación de poder, donde incrementa el riesgo de convertirse a futuro en un delincuente y llegando a convertirse en una persona adulta violenta hasta cometer homicidio. El agredido deteriora su autoestima, puede aislarse del entorno familiar y/o social y en algunos casos llega a extremos como el suicidio. En el presente año, se han presentado este tipo de desenlaces fatales en Santa Cruz de la Sierra en colegios tradicionales.

El bullying agrupa todas las formas agresivas intencionales y recurrentes en contra de una persona. El objetivo es humillar al otro, ‘someterlo’, ‘mostrarse superior’ y ofenderlo. Puede ser a través de palabras, robos, amenazas, apodos, burlas, chismes, indiferencia y/o golpes, por lo tanto, no una es casualidad, ni algo circunstancial. En las escuelas se presenta a raíz de la presencia de al menos cuatro elementos, de manera recurrente en el tiempo:

El primer elemento es el profesor, quien es responsable de lo que ocurre en el aula. Esta responsabilidad no es algo que pueda asumir cualquier persona. Un buen maestro los guía, los educa, los cuida y lo hace principalmente considerando que son seres humanos pequeños y sensibles que se están insertando en grupo social donde debe prevalecer el respeto y la disciplina.

Un segundo elemento son los niños que no sólo van a pasar clases, sino también acceden a los patios, salas de recreación, comedores, baños, entre otros, donde muchas veces no se cuenta con supervisión y es ahí donde se pueden presentar los primeros síntomas de acoso.

El tercer elemento, son los padres del agresor, catalizadores de que, en gran medida, los niños sean el resultado de maltratos, vicios, poca comunicación o ausencia de la misma. Esto hace que sus hijos repitan lo que ven en casa, naturalizando la violencia, ya que están creciendo en un entorno donde no es usual tener reglas o normas de convivencia, trastocan los valores y no hay un modelo de bien a quién seguir.

Se ha podido advertir que en algunos casos los agresores son hijos de padres en apariencia “normales” y que no encajan en el estereotipo, sin embargo, son padres maltratadores que no levantan sospechas. Hay un grupo menor de niños que maltratan por alguna alteración de la conducta o trastorno en particular, a pesar de tener un buen entorno familiar.

Un cuarto elemento son los padres del agredido. Los padres deben asumir la responsabilidad veinticuatro horas al día y siete días a la semana, porque nuestros hijos, no escogieron quienes serían sus padres, nosotros somos los que les dimos la vida y eso acarrea una gran responsabilidad. Tenemos la obligación de enseñarles a sentirse seguros, a quererse tal como son, a manejar cualquier situación fuera de la casa; enséñales a que se acepten y que no dejen de ser como son por presión de otros niños o por pertenecer a un grupo o club; enséñales a tener criterio propio, a no tener miedo de nadie, a denunciar las amenazas, a analizar a las personas y relacionarse de igual a igual con otros niños, enséñales que “nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie”.

¿Qué podemos hacer para combatir el bullying?. Algunos consejos:

Abrir un canal de comunicación de calidad con tus hijos donde pueda expresarte lo que piensa, lo que siente, lo que ocurre en su entorno, lo que le dicen, sus inquietudes e incluso sus miedos.

Dedicar un tiempo cada día para fomentar los vínculos, explicar cómo te ha ido a ti en tu día y provocar en tus hijos la necesidad de que te cuenten su día. Este es un elemento fundamental para conectarte con ellos, ayudarlos y presentarle recursos para que pueda sentirse más seguro y manejar las situaciones.

Transmitir seguridad, compromiso, criterio y valores a nuestros hijos para que no se dejen maltratar y para que no toleren cualquier tipo de amenaza, acoso o maltrato.

Enfrentar el Bullying. Si es tu hijo el que genera el bullying, ten el valor de reconocerlo y no ser indiferente, guía a tu hijo, pide ayuda a familiares o amigos, busca información, instrúyete. Si tu hijo es víctima del bullying, bríndale ayuda y consejos para ignorar al acosador, que se aleje de él, que confronte al acosador con voz alta exigiendo que pare, que pida ayuda a sus compañeros, empodere a su hijo para que se defienda y que informe a un adulto, profesores, directores y principalmente a sus padres.

Seamos contundentes: ningún niño debería pensar en quitarse la vida, ni preocuparse de nada más que jugar, comer, compartir, dormir y aprender. Ningún niño tendría que sufrir el acoso y la burla despiadada de otro niño, de un profesor o de un padre. Nuestros hijos no  merecen sentirse solos y aislados sin nadie a quien recurrir, desprotegidos y vulnerables.

(*) M.Sc. Jerry H. Fletcher es docente de la Facultad de Ciencias Económicas, Administrativas y Financieras UAGRM